Tras una semana meteorológicamente revuelta que parecía que nos iba a durar hasta el Domingo, las previsiones se cumplieron y el Sol hizo acto de presencia en San Martín de Valdeiglesias.
Buenas noticias para los más de 1700 bikers que nos presentamos en la hermosa villa madrileña con ánimo de tomar parte en la segunda de las pruebas del MTB 4 estaciones.
El menú se componía de tres pruebas, vino blanco 29 km para “blanditos”como el que escribe, rosado 37 km para los “machotes”, y tinto 61 para los “deportistas de elite”.
La gente que no recogió su dorsal el Sábado por la tarde, encontró aglomeraciones en las inmediaciones del impresionante castillo habilitado al efecto, que se tradujo en cierto retraso de la salida, permitiéndonos a los rezagados incorporarnos a la salida en hora.
El buen tiempo animó a bastantes más participantes que la primera prueba en Valdemorillo celebrada a principios del enero, con sol pero a la vez con frio. Llamó nuestra atención la alta participación femenina en comparación con la primera marcha, lo que nos alegra. El deporte de la bici es para todos y esta bien que las chicas se animen a participar en pruebas como esta.
Se dieron 3 salidas, una para cada prueba. Los intervalos de salida de unos 15 min entre una y otra, facilitaron un tránsito fluido en el callejeo por el pueblo por el que discurría el comienzo de la prueba. Bien por la organización que solucionó uno de los problemas de Valdemorillo.
No os hablé de los Mountainñeros enviados al evento, ¿verdad?. Tres de nuestros zapadores, entre los que me encontraba, nos propusimos completar la marcha, pero problemas logísticos de última hora, redujeron el número de unidades participantes a dos. Los mismos que nos desplegamos en la ruta de Valdemorillo. El que no vino, tiene que preparar una boda.
Tras un inicio entre las calles del núcleo urbano, a las que se asomaban los lugareños para ver pasar la serpiente multicolor, y algo más allá del cementerio, la ruta se adentraba por una pista/camino que con las recientes lluvias mostraba algún charco goloso para manchar la bici, y permitía rodar sin levantar polvo y disfrutando de la agradable temperatura que tuvimos en San Martín.
El primer tramo llano y con algo de bajada hacía las delicias de los bikers, era un buen calentamiento para lo que nos esperaba luego. Pasado el llano, la carrera se acercaba al primer descenso, donde se produjo el primer atasco de la carrera. A simple vista el descenso parecía muy entretenido algo trialero y con el piso húmedo, con algo de dificultad pero perfectamente factible desde mi punto de vista. Quizás las aglomeraciones y el poco espacio de reacción por la proximidad del resto de bikers, hizo que la gente echara pie a tierra por lo menos el primer trozo, retomando las monturas unos metros más allá.
Poco duró la bajada. El terreno empezó a ganar pendiente casi de inmediato, generando otra nube de “pies a tierra “por la escasez de espacio para un manejo correcto de los cambios. Algunos, previsores, salvamos el escollo. No mucho más adelante, nuevo parón. La marcha discurría bajo una carretera bastante transitada que había que atravesar por un par de pasos subterráneos que pusieron al grupo en fila de a uno. Era difícil atravesarlos sobre las bicis. A la salida, y recuperadas las monturas, más o menos entre los kilómetros 5 ó 6 primer repechito, de importancia corto y exigente. Para ser la primera piedra desde la última marcha en Valdemorillo, no nos encontramos mal, salvándolo no sin cierto esfuerzo pero también con cierta comodidad. La verdad es que ganamos ciertas posiciones en el seno del pelotón.
Todo lo que sube baja, ya sabéis. Y aunque os parezca mentira también todo lo que baja acaba tendiendo a subir. Sin tiempo para reaccionar tras el corto descenso empezó lo” divertido”, bueno, si te gusta bajar no. Pero para gustos los colores.
Estábamos en el km 7 y empezaba una constante subida que nos llevaría casi sin descanso hasta el 14 sin parar en una primera fase. Para, tras un falso llano, desembocar en el deseado avituallamiento de mitad de recorrido. Muy aplaudido por los asistentes.
Pero volvamos al comienzo, Otto antes era conocido en plan “cariñoso” como “cacaito Rodriguez” como homenaje, no sin cierta guasa, a la “facilidad” con la que se aplicaba en las subidas. Y en recuerdo del famoso y combativo escalador colombiano. Desde hace un tiempo, y esto hay que reconocerlo, se está ganando el mote con toda propiedad y literalmente. Pero volvamos.
El inicio de la subida nos pilló con buena predisposición, las piernas respondían y sin machacarnos, aunque casi nunca lo hacemos, llevábamos un ritmo cómodo y paralelo que, para nuestra sorpresa nos permitía pasar por delante de mucha gente con mucha más pinta de mountaibikers que nosotros dos. También debo decir que en los descensos nos pasaban como balas disfrutando como enanos de la velocidad de bajada.
La cosa no pintaba mal, pero el desconocimiento del terreno, nos pedía ser cautos y no lanzarnos a tumba abierta a hacer” la ascensión”. Y menos mal. Tras cada rampa superada, si levantábamos la cabeza, nos encontrábamos con otra, más dura, y salvo pequeños trocitos de relajo la pendiente no cesaba. Cuando a la altura del km 11 ó 12 parecía que aquello acaba y la mayoría nos volvíamos y parábamos para disfrutar de la vista y descansar, la cosa seguía hacía arriba, desembocando en una carretera entre pinos espectacular, donde me entró la primera de las dos pájaras que me sobrevinieron. Para entonces el cacaito (otto) había cogido ritmo y a tren subía sobradito, y constante.
Yo también debía ir a un ritmo constante, a unos metros más abajo pero constante, porque la distancia entre él y yo no subía ni bajaba. Dentro de lo malo, no estaba mal. Luego al preguntarle como era que estaba tan suelto, me contestó con obviedad “ayer no salí y en Valdemorillo venía de dos noches largas”. ¡Menos mal! ahora me explico todo. Espectacular su ascensión.
Viendo que me podía desfondar, cogí la rueda de unos participantes y aproveché para comer algo y beber. Había que tener paciencia porque la cosa no acababa al final de la carretera. Girando a la izquierda cogíamos nuevamente otra pista cuesta arriba, como casi toda la marcha, que se puso exigente. Para entonces afortunadamente ya me había recuperado y cogido el ritmo correcto que me llevó a rueda de mi compañero de aventura hasta alcanzar el avituallamiento del 15. ¡Gracias a Dios!. Algo de comer y beber de lo que dimos buena cuenta tanto nosotros como el resto de participantes. Mientras subíamos hubo gente que comentaba que con la dureza del recorrido igual había que haberlo montado antes pero bueno en líneas generales la gente no protestaba.
Recuperadas algunas fuerzas nos olvidamos que arrancar después de un parón te enfría y la continuación es muuuuuuyyyyyyyy dura. Eso junto con el descenso hizo que nos lanzáramos alegremente. Mientras desciendes no notas lo que te duelen las piernas, pero como todo lo que baja acaba subiendo subió y sufrimos. A partir de aquí Otto no abandonaría la cabeza de nuestro mini grupo, el formado por él y por mi.
Tras unos cuatro o cinco km de terreno rompepiernas y tras juntarnos con otra de las rutas tras un descenso agradable alcanzamos el segundo avituallamiento donde, solo lo hice yo pero lo pensaba todo el mundo, pregunté a los voluntarios cuanto nos quedaba y en que condiciones. La respuesta me regeneró. Por ahí todo para abajo.
Fue una pena, en un descenso espectacular y trialero se montó el gran atasco, lo que nos impidió disfrutar ese trozo, ya no por camino, si no por corredoiras o sendas entre pinos. Hubo gente que se cayó incluso bajando de pie empujando la bici.
Después otra carretera se puso entre nosotros y la meta, con otro paso subterraneo más sinuoso incluso que los dos anteriores que atravesada la vía y sin tiempo de cabalgar de nuevo y seguir pedaleando, picaba nuevamente hacía arriba, acabando con las últimas reservas de mi trillado cuerpo. Os diré que en ningún momento encontré el “golpe de pedal” y que sufrí la segunda pájara de la jornada más intensamente aún que la primera. Solo me impulsaba la cabezonería y el orgullo de acabar la prueba “por güevos”. También vale esta fórmula en el ciclismo ¿no?.
Paradojas curiosas de la vida, la visión del cementerio fue una alegría. Y no digamos el discurrir entre calles saboreando los últimos metros de la dura prueba, mientras la gente que había por la calle animaba y a lo lejos oía la megafonía. Solo indicaba la dirección a tomar. Cada blandito ó a cada deportista de élite, que se fueran a la izquierda (si llegabas a meta) o a la derecha (si continuabas 32 Km más) respectivamente . Pero a mi me sonaba a canto angelical. Y la visión de la meta a oasis en el desierto.
No haré reseña a la cara de alegría con sonrisa de oreja a oreja de mi compañero al ver que él ya había acabado y que yo lo haría en segundos. Como el anuncio de Mastercard, no tiene precio.
En resumen, excelente jornada ciclista, en un entrono excepcional y con alguna laguna de organización. Como enanos disfrutamos. Y más aún con la comilona que luego nos dimos en mi casa, regada con el vino cabezoncillo que nos regalaron en la inscripción. Para repetir.
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