Un desayuno de última hora hizo que retrasase mi llegada a la gasolinera donde había quedado con mis compañeros de aventura
Al llegar los encontré haciendo estiramientos, preparándose para el paseíto que íbamos a comenzar, y así sin tiempo para intercambiar más que un breve saludo, nos pusimos en marcha. Habíamos descartado la ruta de la gente de SOLOBIKE que con tanto mimo preparan todas las semanas por que teníamos que llegar más pronto de lo habitual a casa.
Serían las 9.30 más ó menos y aunque camuflado por le frescor de la mañana a tan tempranas horas, el astro rey fiel a su cita tomaba posiciones allí en lo alto.
El ánimo era bueno, no era muy tarde, el camino era ligero y algunas encinas y demás arboles autóctonos se asomaban a las sendas aportando algo de sombra que hacía más llevadero el caminar o mejor dicho el pedalear.
Preguntando se va a Roma así que tras perderles la pista – caída del iphone que levantaba el track de la ruta (me salgo) incluida- pregunté a un par de bikers que también disfrutaban del espléndido día por el campo y me dijeron que todo recto, para abajo.
El puente del Retamar ponía fin al bucólico pero dinámico paseo ciclista y marcaba el inicio de las hostilidades orográficas así que bajo él y en un coqueto merendero hicimos parada técnica para comer algo de fruta y fijar el lugar de reunión tras la subida del terrible Riochico en cuya cima habíamos fijado la mitad –más ó menos- de la ruta.
A estas horas, el Sol ya calentaba con alevosía y premeditación como corresponde al seco y cálido –yo diría caluroso- verano de la meseta castellana, y su calor iría “in crechendo” en las horas siguientes, castigándonos el lomo en la primera de las subidas de la jornada.
El pequeño enlace por asfalto fue prácticamente inapreciable, acercándonos al Bar Rio Chico –un clásico que sigue funcionando- y donde no caí en fotografiar una joya de los anuncios de las carreteras españolas-casi como el toro de Osborne- helados AVIDESA . Sí, Avidesa. ¡Cuánto tiempo hacía que no veía uno de estos con su óvalo rojo y azul! propios de veranos pasados en pueblos lejanos. Prometo foto en la próxima incursión ciclista.
Dejando el bar a la izquierda -donde dos bikers nos miraban con cara de: no sabéis donde os habéis metido- iniciábamos la ascensión suavemente mientras nos cruzábamos con varios corredores que nos hacías sospechar –por el sudor acumulado en sus camisetas- que la cosa no iba a ser un caminito de pétalos de rosa.
Pronto se puso en cabeza Álvaro, de los tres que íbamos el que más en forma estaba y mejor escalador. Este que escribe, desconocedor de la subida y animado por lo liviano de la ruta hasta el momento, se dejó llevar y marcó un ritmo que no tardaría en pasarle factura.
Rio Chico no es un puerto largo pero tiene algunas rampas puntuales en las que se salvan altos desniveles, lo que hace que el esfuerzo sea más explosivo y exigente, alternando rampas con falsos llanos que no permiten adaptar el ritmo a la ascensión con facilidad. Si a esto unes que las encinas y arboles que circundan el camino son menos frondosas que las del valle y que se volvieron vagos a la hora de proyectar apetecibles sombras sobre la pista, tienes como resultado un camino árido donde lo único que el cuerpo pide es descanso y agua.
Mi alegría inicial junto con las características del puerto, me hicieron sufrir más de la cuenta, teniendo que echar pie a tierra en un par de ocasiones-luego supe que todos pasamos por lo mismo durante la ascensión- desfondándome del todo. Tras de mí venía Otto que, conocedor del entorno, fue capaz de dosificarse para aguantar con garantías la segunda subida al final del trayecto. Él ya sabía que ese esfuerzo me pasaría factura entonces.
Nos debatíamos entre desandar lo andado o seguir una pista que cortaba en perpendicular el camino por el que habíamos venido y que no teníamos muy claro donde conducía –solo que lo teníamos que tomar a la izquierda-, pero ayudados por la tecnología decidimos que al final desembocaba en un camino que nos conducía de nuevo al Puente del Retamar donde habíamos iniciado la ascensión.
Y así fue, después de un reponedor y agradecido descenso acabamos en la parte de atrás del bar del cartel de Avidesa –no, tampoco tomé foto, lo siento- donde un par de perros que a Dios gracias estaban atados nos recibieron a gruñido y ladrido, haciendo que el titular de la finca saliera a recordarnos con dulzura inusitada que aquello era una propiedad privada y tal y pitos y flautas. Nos disculpamos con cierta prisa pero de verdad. Solo había sido una confusión involuntaria y teníamos aún que volver hasta Majadahonda.
Tras un par de intentos fallidos de adentrarnos de nuevo el la dehesa majariega, encontramos el camino correcto, que al principio circula en paralelo a la carretera hasta la planta depuradora-que peste por cierto- donde hay que desmontar y usar la plataforma de las tuberías de conducción como puente para desembocar en el camino de servicio del Canal que nos llevaría de vuelta al punto de inicio a la altura del Carralero.
Este camino sube desde el principio en la depuradora, y en condiciones normales, es más considerado con aquellos que se adentran en él en cuanto a pendiente, ya que esta, es constante de principio a fin y con un correcto uso de desarrollo es posible completar la ascensión sin levantarse del sillín. Pero no todo es tan maravilloso. Si en Riochico las encinas se volvieron vagas para proyectar sombra, aquí es que ni nacieron. No hay un solo árbol desde el principio hasta el final de la subida. Y oigan, a la una de la tarde de un día de julio con altas temperaturas y cielo raso sin nubes puede hacerse insufrible.
La primera parte tras las tuberías no la hice mal, me costaba –normal era subida- pero más ó menos mantenía un ritmo constante de ascensión, la segunda parte se me hizo algo más pesada, sobre todo al final, ya sin agua en mi mochila aunque si en el bidón. Mi amigo Álvaro -gracias PG- viendo como estaban las cosas, me ofreció su rueda para tirar hacía arriba, mientras éramos testigos de cómo Otto ponía el turbo y sin excesivo esfuerzo –sobre todo por el ritmo que yo era capaz de llevar que lastraba a mi compañero de ascensión- se hacía más y más pequeño en el horizonte.
Para ese momento mis posaderas decían que no se apuntaban a otra salvo que cambiara de culotte y mis piernas condicionaban el final de etapa a que no hiciera ni un solo esfuerzo más en todo el día. ¡Ah! y a que me tomará una aspirina para dormir, porque habían oído que determinadas partes de mi anatomía se iban a levantar en armas si no ponía remedio.
La última rampa con la boca seca y casi acartonada porque la ascensión no me facilitaba el acceso al bidón, no se la deseo a nadie.
En resumen un jornadón de mtb por la ruta y por la compañía, espero que haya más como esta, pero que uno estar mejores condiciones. Gracias chicos.
¡Hasta la próxima!
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